El Tiempo recobrado, a propósito de Visages, Villages y Lumiere!

Por Oscar Alvarez

En el recientemente finalizado 32° Festival Internacional de Cine de Mar del Plata, tuvimos la oportunidad de asistir a las proyecciones de dos films que dialogan íntimamente entre sí en más de un sentido.

Se trata de Lumiere! La aventura comienza de Thierry Frémaux y Visages, Villages de Agnes Varda.

Ambos films se constituyen casi como el alfa y el omega temporal de un lenguaje que por ellos se demuestra todavía increíblemente vital. El asombro proviene de disímiles pero a la vez comunes motivos.

En la película de Frémaux  nos encontramos ante la maravilla de los primeros registros cinematográficos de Louis y August Lumiere, una obra que se estructura a partir de 108 de los casi 1500 cortometrajes realizados por los pioneros franceses. Uno podría prever aquí una edición de tipo inventarial de films ya vistos en gran parte, una producción cuyo valor provendría de la naturaleza histórica de su material, no por su novedad y mucho menos aún por su arte. Pero no, aunque ese valor está, Frémaux consigue ir mas allá, de acuerdo a su intención manifiesta de demostrar que, en particular Louis Lumiere, fue el primer director de largometrajes de la historia, paradójicamente, sostenido esto a partir de sus cortometrajes.

Debo decir que logra superar su propósito porque Lumiere!… al margen de sus valores históricos, se constituye en una obra cinematográfica bella y conmovedora. Frémaux comete el atrevimiento de adelantarnos a cada momento lo que vamos a ver, lo que permite al espectador valorar cada frame proyectado. Lo anecdótico frecuentemente se convierte en sustancial, más de una vez la anticipación del gesto, visibiliza la estrategia utilizada, denota la dificultad de una realización que, aunque mínima, se enfrentaba con el terreno desconocido de generar las primeras imágenes en movimiento. Allí, la estrategia adoptada por Frémaux nos hace vívido a cada instante esos momentos históricos, pero aún más, conteste con su propósito manifiesto, nos transmite la existencia de alguien detrás de la cámara, alguien que trabaja en la composición del cuadro, que intenta la puesta en escena, que descubre y aplica algunos de los primeros “efectos especiales”, que revela y registra la maravilla de los movimientos de cámara y que finalmente nos transmite la impronta de una época de ingenuidad irrepetible. Seguramente es por esos logros que Frémaux califica a su realizador como el Primer Director de Cine, y no queda otra alternativa que acordar con él.

Hay que agregar a esto, un ordenamiento del material y la belleza de unos textos que aportan esa extraña sensación de novedad y nostalgia de lo no vivido y añorado. Y un travelling casi final que nos vincula misteriosamente con la vida, la inocencia, la emoción y el recuerdo.

Situado prácticamente en la antípodas temporal y tecnológica (inicios vs. actualidad, registro análogo vs. registro digital) Visages, Villages de Agnes Varda y JR nos pone en contacto con el ¿último? proyecto de la realizadora francesa. Dudamos porque la diminuta y querible figura de Varda, que se impone a lo largo del films como una delicada y entrañable fuerza arrolladora, nos dice que probablemente esta no sea su producción final. En una persona de… 88 años!! ya de por sí establece un valor anexo al film. Pero como Frémaux, Varda va más allá.

El proyecto es simple y complejo a la vez. Simple en su formulación, complejo en su instrumentación. Registrar la caras de distintos pobladores de los pueblos y villas del interior de Francia y luego con esos registros plasmar gigantografías que atavíen los lugares que habitan, muchas veces sus propias casas o sus lugares de trabajo. En alguna ocasión tomando las añosas fotografías de los antepasados, en otras empapelando abandonadas villas; todo en medio de una fiesta repetida de entusiasmo, arte y cariño. Cuando la antigua pobladora resistente al desalojo vea su enorme cara cubriendo la fachada de su añejo domicilio, compartiremos con ella sus lágrimas de emoción y asombro; cuando el caído bunker de la guerra se vista con la figura del amigo fotógrafo de Varda, acordaremos con la calificación de “arte abstracto” que le da alcalde de la región, observando la gigantesca mole de hierro y concreto derrumbada sobre la playa con el acantilado atlántico como marco. Al homenajear a los trabajadores del puerto de El Havre y particularmente a sus esposas, seremos espectadores de lujo de un ballet de enormes máquinarias danzando en torno a Agnes y JR . Y cuando participemos de la improvisada fiesta en la villa abandonada, poblada ahora de las caras de quienes pasan cotidianamente por aquel lugar inconcluso, sentiremos la nostalgia de lo que nunca fue. Descubriendo para nosotros, como un plus, la tumba oculta de Henry Cartier Bresson.

Y allí va… y va… y va… Varda va, frágil, curiosa, sensible e indetenible, con su cabello a dos tonos, con su bastón en mano y con su mochila floreada a cuestas.

Curiosidad por la gente, por las cosas, por los lugares, por los hechos, por la vida, que ella misma encarna como una bella metáfora.

Sensible para descubrir, en la anécdota y el gesto reveladores, un mundo oculto, cotidiano y maravilloso.

Frágil para refugiarse del viento y decir basta por el agotamiento y el dolor íntimo.

Indetenible.

Párrafo aparte merece sin dudas JR, fotógrafo y distinguido compañero de ruta, que aporta una extraña mezcla de desparpajo, energía y cariño. Una sensibilidad a la altura de la de Agnes.

Y otro travelling, feliz, dichoso, irreverente, por las salas del Louvre, con Varda desde su silla de ruedas, grandilocuente, exagerada, exclamando ante las obras y sus autores y JR dando saltos, empujándola a toda velocidad por los pasillos.

Dos películas y el mismo sentimiento de descubrimiento, de maravilla, de emoción ante la vida, la gente, las cosas… ante el cine.

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