A punto de caer

Oh sister when I come to lie in your arms

You should not treat me like a stranger

Our Father would not like the way that you act

And you must realize the danger”

Oh sister

Bob Dylan

Por Pablo L. Navas

Piedra, papel y tijera” aborda la relación patológica de tres hermanos, quienes viven en permanente tensión y encerrados. Una película que no descarta momentos de humor pero de tampoco de sangre y violencia.

Pareciera que la búsqueda de sentido sobre el devenir de las cosas es natural. Lo dramático es cuando lo ocurrido era, finalmente, producto de algo azaroso. A la demanda de una explicación teleológica se le devuelve el carácter caprichoso de eso que pasa.

Piedra, papel y tijera, ha dejado de ser, para los hermanos protagonistas de la película homónima, un juego infantil. Es una forma de ver el mundo y de organizar la experiencia. El jueguito de recreo escolar les permite eludir jerarquías y roles prefigurados. Esa competencia fútil reviste para María José (Valeria Giorcelli), Jesús (Pablo Sigal), y Magdalena (Agustina Cerviño), algo del orden de lo programático.

Con un casting más que preciso para un elenco minimal, los directores Macarena García Lenzi y Martín Blousson, logran poner al espectador ante tres personajes acomplejados y divertidos, sufrientes, a la vez, de la incomodidad que les produce el verse atravesados por los aspectos más sombríos de la vida familiar: lo no dicho; lo expresado pero interpretado de manera disímil; el debe y haber que se va acumulando cuando los miembros de un clan van creciendo.

De este modo, la monotonía inmadura y estéticamente vintage de María y Jesús, se interrumpe con la llegada de Magdalena. En el Evangelio, la María Magdalena es quien anuncia que Cristo no está en el sepulcro, de ahí que la Tradición la reconozca como Trompeta de la Resurrección. Pero la Magdalena del binomio Lenzi- Blousson, llega a ese departamento empapelado, para reclamar, en su calidad de hija de padre común, un hábitat descuidado. En lugar de gritar que hay alguien vivo, cae para exponer aquello que está muerto, y por momentos pareciera que puede despertar a sus medios hermanos del ensimismamiento que ha dado como fruto una importante lista de cuadros sintomáticos.

Las reminiscencias bíblicas de los nombres de los protagonistas podrían confundir al público potencial que lee una sinopsis. Lejos de estar posibilitada de ser madre de alguien, María apenas puede cuidar una cobaya. En realidad ella quería tener un hurón, pero si en Oriana Sabatini poseer de mascota un animal exótico es cool y likeable, en María José eso es freak. En tanto que Jesús, por su carácter modosito, lejos de aportar actos salvíficos, se vuelve por momentos molesto e inútil. Y Magdalena, tan instalada y calculadora que aparecía, frente a un infortunio doméstico termina siendo la más carente del grupo y por ende, aquella que precisa la colaboración del otro par tan singular. Llegados a esa instancia se habilita la pregunta ¿quién es la piedra en este trío?.

El camino narrativo planteado en 84 minutos está atravesado por diálogos a veces más rústicos, a veces más inteligentes y por la interpretación para nada forzada de los parlamentos. Todo transcurriendo en una casa y sus ambientes, en ese hermetismo que aísla y del cual es muy difícil salir. Una frase se escuchará cada tanto, dicha o cantada: “no hay lugar como el hogar”, una verdad, pero queda determinar si agradable o trágica. La falta de actualización de los muebles de la propiedad en disputa, de los objetos que la decoran y del vestuario de los personajes, coincide con la falta de actualización de las etapas de madurez afectiva y del duelo ante la partida de los progenitores.

Con estos elementos, la oscuridad y el sadismo sugerido por las miradas, las palabras y los gestos, se va materializando en un in crescendo que ensangrienta las cosas, lastima los cuerpos y hace emerger lo subyacente cada vez más. Pero en esa curva propuesta por el guión -basado en la obra “Sangre de mi sangre”, también de Lenzi- se ponen a disposición cuestiones técnicas para generar un clima que va escalando en tensión: el sonido bien trabajado de una tijera cortando una venda; los ruidos de una silla de ruedas, por citar algún ejemplo.

En un momento Jesús, que supuestamente quiere grabar una película en su casa con una cámara Mini Dv, dirá: “hoy en día con una actriz, una cámara y una computadora se puede hacer cualquier cosa”. El tándem Lenzi- Blousson demuestra lo contrario. Porque si bien estamos hablando de una pieza que explota dignamente los recursos con los que cuenta, hace que desde los actores a cada rubro técnico sincronicen para hacer pensar al espectador en los rincones de la vida familiar que hacen de esa institución, no un lugar idílico, sino un entorno, a veces depresivo y endogámico; a la vez que consigue impresionar, tensionar y querer salir corriendo como María José perseguida en un pasillo por una cobaya. En definitiva, no es fácil ni azaroso construir una película como esta. Y mucho menos es un juego de niños.

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